“El aliento persistente moldea la roca del destino.”
Piensa en el mar golpeando incansablemente un acantilado. Gota tras gota, siglo tras siglo, su resistencia va cincelando cuevas, esculturas efímeras que testifican la fuerza de la constancia. Nadie ve el momento exacto en que la roca cede, pero la suma de cada embate es la que transforma el paisaje.
Así es la perseverancia: un aliento constante que, acumulado, tiene el poder de moldear nuestro propio destino, erosionando los obstáculos hasta hacerlos irrelevantes.