“La complacencia del alma brota de la simple existencia.”
La complacencia verdadera no requiere hazañas monumentales, sino el aprecio por el milagro de estar vivo. Piensa en una flor que se abre al amanecer; su complacencia no está en alcanzar el sol, sino en desplegar su belleza en el acto de existir. Es reconocer que ser, en sí mismo, es motivo de profunda satisfacción.