“El gozo se teje con los hilos de la imperfección aceptada.”
La búsqueda de una felicidad inmaculada es a menudo una ilusión. El verdadero gozo emerge cuando abrazamos nuestra propia humanidad, con todas sus grietas y matices. Es la aceptación de que la vida es un tapiz, y son precisamente las hebras imperfectas las que le otorgan su carácter único y su belleza. Como un jarrón de cerámica reparado con oro (kintsugi), nuestras cicatrices pueden convertirse en fuentes de una dicha renovada y más profunda.