“El regocijo florece donde la comparación se marchita.”
Nuestra tendencia a compararnos con los demás es un ladrón sigiloso de la alegría. Cuando nuestros ojos se fijan en lo que otros tienen o logran, perdemos de vista la belleza única de nuestro propio camino. El regocijo auténtico florece cuando dejamos de medir nuestro valor en función de los éxitos ajenos y, en cambio, celebramos nuestras propias etapas y logros, sin importar cuán pequeños parezcan.