“Donde hay amor propio, germina la más pura alegría.”
La alegría genuina, esa chispa vital que ilumina nuestros días, encuentra su raíz más profunda en el amor que sentimos por nosotros mismos. Es un jardín secreto que cuidamos, un santuario interior donde nos aceptamos y valoramos.
Sin este cimiento de autoaprecio, las fuentes de placer externo se vuelven efímeras, como burbujas que estallan al contacto. Pero cuando nutrimos esa conexión íntima, ese gozo se convierte en una cascada inagotable, que nos permite compartir nuestra luz con el mundo y recibir su brillo a cambio.