“La chispita de la felicidad se aviva en la gratitud por lo invisible.”
La chispita de la felicidad se aviva en la gratitud por lo invisible.
A menudo, nos enfocamos en lo tangible: las posesiones, los logros visibles. Pero la verdadera chispa de la dicha se enciende cuando apreciamos aquello que no se puede ver o tocar: la salud, el aire que respiramos, la capacidad de amar, la propia existencia.
Al reconocer y agradecer estas dádivas, que son la base de todo lo demás, nutrimos una fuente de alegría interna que no depende de las circunstancias externas. Es una satisfacción profunda, casi espiritual, que ilumina nuestro ser desde adentro.
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