“El alborozo se cultiva con la curiosidad de un niño.”
Mantener viva la chispa de la asombro ante el mundo es esencial para un estado de alegría perpetua. Como un explorador ante lo desconocido, la curiosidad nos impulsa a descubrir nuevas facetas de la vida, llenando nuestro ser de regocijo. Es un antídoto contra la monotonía, un recordatorio de que cada día puede ser una aventura llena de placer.