“Cultiva el asombro y el regocijo encontrará su morada.”
El asombro, esa capacidad de ver el mundo con ojos nuevos, como si fuera la primera vez, es el terreno fértil donde el regocijo, una alegría profunda y expansiva, puede echar raíces y florecer. A menudo, la rutina adormece nuestra capacidad de maravillarnos, convirtiendo lo extraordinario en cotidiano.
Recuperar la curiosidad infantil, la predisposición a la sorpresa ante la simpleza de una flor o la inmensidad del cielo nocturno, es abrir las puertas a una felicidad más auténtica y resonante. El regocijo aparece cuando dejamos de dar por sentado y comenzamos a celebrar la maravilla que nos rodea.